lunes, 19 de febrero de 2018

CARLOS KLEIBER




Rafael Ponce

14-01-2018

Es cierto que casi nunca se oye hablar de hijos de grandes directores de orquestas que opten por la misma profesión que sus padres, pues bueno este es uno de los pocos ejemplos, y creo que superó a su padre el gran Erich Kleiber.
La renuncia de este a la direción de la Ópera Alemana de Berlín, seguido de su exilio en Buenos Aires, hacen que Carlos (nacionalizado argentino desde su llegada al país) comenzara sus estudios musicales en Buenos Aires, a pesar de que su padre se opusiera frontalmente a que se dedicara profesionalmente a la música, no pudo evitar que conociera desde niño el funcionamiento del Teatro Colón o el Teatro Argentino de la Plata de la capital argentina, donde en 1952 con solo veintidós años de edad el joven músico iniciaba una prometedora carrera, si es verdad que poco después también estudió química en Suiza para complacer a su padre.
Está claro que su padre nunca le brindó ayudas en lo tocante a su carrera en la música, y si tenemos en cuenta que en los años cincuentas la carrera de director no se hacía de la forma meteórica de hoy día, entonces tenía que pasar tiempo para que un director de provincias que lo mereciera diera el salto a una orquesta de primer nivel, pues Carlos en 1953 con 23 años regresa a Europa y trabaja como voluntario en el Teatro Gärtnerplatz de Múnich, haciendo sus primeros pasos en los auditorios de provincia alemanes como cualquier director de su edad.
A los 29 años le descubre un crítico muniqués después de dirigir La Novia Vendida en el Landestheater de Salzburgo, “se desató un vendaval de musicalidad bohemia” dijo el crítico, resaltaba la gran expresividad y precisión, a partir de entonces fue una referencia jóvenes alemanes.
Comenzó con las orquestas de Potsdam y Zúrich que le dieron destreza con el instrumental, siguiendo con las de Stuttgart y Dússeldorf donde despertó un interés que sobrepasó las fronteras regionales y es entonces cuando su nombre empieza a sonar para las grandes orquestas europeas.
Su carrera está marcada por actuaciones extremadamente brillantes pero esporádicas, y es que Kleiber era un perfeccionista con una complicada personalidad, considerado como un rebelde en la música clásica, provocó muchos escándalos por cancelar actuaciones en el último momento sin aparente motivo. Solía actuar tan poco que Herbert von Karajan dijo "sólo dirige si se le acaba la comida en la nevera", si bien por otro lado Hollender el director de la Ópera de Viena decía que "Las actuaciones tan esporádicas de Kleiber se explican porque el director buscaba en el arte lo que nadie encuentra: lo absoluto".
Se convirtió en una figura legendaria, sus esporádicas apariciones en La Scala, el Covent Garden, el Metropolitan Opera, Viena, Múnich (sitio para él predilecto para trabajar), Berlín y Tokio eran ocasiones muy esperadas por la crítica y público. Llegó incluso a recibir la oferta de dirigir como titular la Filarmónica de Berlín después de la muerte de Herbert von Karajan, oferta que desechó, sinceramente no veo a un genio como él, llevando las riendas de una orquesta tan compleja como la alemana, que imagino necesita de una dedicación absoluta. No concedía entrevistas, nadie que no fuera un aficionado de verdad citaba jamás su nombre entre esos maestros que todo el mundo conoce. Nadie sabía qué hacía, dónde estaba, hasta que de vez en cuando, algún milagro le devolvía a eso que él despreciaba y que se llama actualidad. Los grandes aficionados del mundo esperaban ansiosamente cada vuelta de Kleiber, los empresario pagaban su estratosférico caché sin dudarlo.
Confeccionó un repertorio muy selecto y exiguo de partituras con las que trabajaría durante los treinta últimos años de su vida: algunas sinfonías de Beethoven, de Mozart, el repertorio de la dinastía Strauss, y un selecto número de óperas como La Bohéme, Otello, Carmen, Tristán e Isolda, Der Freischütz, Elektra, El caballero de la rosa y Wozzeck, esta última estrenada por su padre Erich en la Staatsoper de Berlín en 1925, bajo la supervisión del propio Alban Berg, siendo las versiones de Carlos consideradas como definitivas.
Era tan genial como Celibidache pero opuesto a él, en muchos aspectos, por ejemplo se mostraba educadísimo con los músicos. Coincidía con Sergio en la necesidad de muchos ensayos, la búsqueda de la perfección, la independencia y un exacerbado perfeccionismo están por encima de cualquier tipo de valor para él. En el tema operístico no participa de los protagonismos desmesurados de algunos directores de escena, para él lo fundamental es la música.
Calificado como un director caprichoso y súper exigente, sólo hizo justicia al segundo calificativo, amable y sonriente, declinaba cualquier contacto con los medios de comunicación. Exigía ensayos a puerta cerrada, para continuar profundizando sin interferencias en la interpretación de una música que podría dirigir con los ojos cerrados, pero en la que continúa buscando detalles y matices.
El violinista español Ángel Jesús García, concertino de la Orquesta del festival de Bayreuth en aquella época durante 16 años, comentaba respecto el estilo de dirección de Kleiber “Era un hombre que no decía a los músicos cómo tenían que tocar, ni que tocasen fuerte, o más piano... El siempre intentaba explicar lo que el veía en la música que íbamos a tocar. Kleiber era un soñador con el cual uno, tocando música podía soñar. No hay que olvidar que los músicos tocamos muchas y repetidas veces las mismas piezas, las mismas óperas, pudiendo caer a veces en la rutina, y eso es malo para la música. Por ello, si los directores no tienen ese halo especial de buscar algo especial bajo cada obra, en cada compositor, carecen de lo esencial. Y Kleiber lograba hacer de esa obra una cosa muy personal.”
Murió el 13 de Julio del 2004 a los 74 años de edad después de una larga enfermedad, aunque hay quien dice que su muerte se aceleró a raíz de la muerte de su mujer, fue enterrado en Eslovenia país de origen de su madre, la estadounidense de origen esloveno Ruth Goodrichse. Como alguien dijo “murió sin avisar, enterrado en un cementerio que nadie visitará. Quiso ser invisible y lo consiguió finalmente.
La discografía que nos dejó en la que como es natural nunca hizo concesión alguna a las presiones del mercado, esta jalonada en su mayoría con grabaciones que se consideran referencia definitivas de los temas que contemplan. Una prodigiosa lectura de El cazador furtivo con la Staatskapelle de Dresde, abrió en 1973 su relación artística con Deutsche Grammophon. Con la Orquesta Filarmónica de Viena ha grabado la Quinta y la Séptima de Beethoven, la Cuarta de Brahms y la Tercera y Octava de Franz Schubert. con otras discográficas además de su repertorio beethoveniano, las sinfonías 33 y 36 de Mozart y la Segunda de Brahms, el Concierto para piano de Dvorák con Sviatoslav Richter como solista, la Sinfonía número 2 de Alexander Borodin, La canción de la tierra de Mahler, también existen DVD con actuaciones históricas.
En el repertorio operístico, tras Weber llegaron memorables versiones en estudio de La traviata con Ileana Cotrubas y Plácido Domingo, y Tristán e Isolda con Margaret Price y René Kollo, El murciélago en disco, en la Ópera de Baviera, otras dos versiones filmadas de El caballero de la rosa en la Ópera de Baviera en 1977, con Gwyneth Jones, Lucia Popp, Brigitte Fasbaender y Karl Riddersbusch, y en la Ópera de Viena en 1994 con Felicity Lott, Barbara Bonney, Anne Sofie von Otter y Kurt Moll.
También tuvimos la suerte de verle por televisión dirigiendo los Conciertos de Año Nuevo de la Filarmónica de Viena en 1989 y 1992.